LEY DE DERECHO A LA IDENTIDAD DE GÉNERO.
EXPEDIENTE NUMERO 75/11
Texto Definitivo (Sancionado) Completo
Artículo 1º- Derecho a la identidad de género. Toda persona tiene derecho:
a) Al reconocimiento de su identidad de género;
b) Al libre desarrollo de su persona conforme a su identidad de género;
c) A ser tratada de acuerdo con su identidad de género y, en particular, a ser identificada de ese modo en los instrumentos que acreditan su identidad respecto de el/los nombre/s de pila, imagen y sexo con los que allí es registrada.
Art. 2°- Definición. Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.
Art. 3°- Ejercicio. Toda persona podrá solicitar la rectificación
registral del sexo, y el cambio de nombre de pila e imagen, cuando no coincidan con su identidad de género autopercibida.
Art. 4º- Requisitos. Toda persona que solicite la rectificación registral del sexo, el cambio de nombre de pila e imagen, en virtud de la presente ley, deberá observar los siguientes requisitos:
1. Acreditar la edad mínima de dieciocho (18) años de edad, con excepción de lo establecido en el artículo 5° de la presente ley.
2. Presentar ante el Registro Nacional de las Personas o sus oficinas seccionales correspondientes, una solicitud manifestando encontrarse amparada por la presente ley requiriendo la rectificación registral de la partida de nacimiento y el nuevo documento nacional de identidad correspondiente, conservándose el número original.
3. Expresar el nuevo nombre de pila elegido con el que solicita inscribirse.
En ningún caso será requisito acreditar intervención quirúrgica por reasignación genital total o parcial, ni acreditar terapias hormonales u otro tratamiento psicológico o médico.
Art. 5°- Personas menores de edad. Con relación a las personas menores de dieciocho (18) años de edad la solicitud del trámite a que refiere el artículo 4º deberá ser efectuada a través de sus representantes legales y con expresa conformidad del menor, teniendo en cuenta los principios de capacidad progresiva e interés superior del niño/a de acuerdo a lo estipulado en la Convención sobre los Derechos del Niño y en la ley 26.061, de protección integral de los derechos de niñas, niños y adolescentes. Asimismo, la persona menor de edad deberá contar con la asistencia del abogado del niño prevista en el artículo 27 de la ley 26.061.
Cuando por cualquier causa se niegue o sea imposible obtener el consentimiento de alguno/a de los/as representantes legales del menor de edad, se podrá recurrir a la vía sumarísima para que los/as jueces/zas correspondientes resuelvan, teniendo en cuenta los principios de capacidad progresiva e interés superior del niño/a de acuerdo a lo estipulado en la Convención sobre los Derechos del Niño y en la ley 26.061 de protección integral de los derechos de niñas, niños y adolescentes.
Art. 6°- Trámite. Cumplidos los requisitos establecidos en los artículos 4° y 5°, el/la oficial público procederá, sin necesidad de ningún trámite judicial o administrativo, a notificar de oficio la rectificación de sexo y cambio de nombre de pila al Registro Civil de la jurisdicción donde fue asentada el acta de nacimiento para que proceda a emitir una nueva partida de nacimiento ajustándola a dichos cambios, y a expedirle un nuevo documento nacional de identidad que refleje la rectificación registral del sexo y el nuevo nombre de pila.
Se prohíbe cualquier referencia a la presente ley en la partida de nacimiento rectificada y en el documento nacional de identidad expedido en virtud de la misma.
Los trámites para la rectificación registral previstos en la presente ley son gratuitos, personales y no será necesaria la intermediación de ningún gestor o abogado.
Art. 7°- Efectos. Los efectos de la rectificación del sexo y el/los nombre/s de pila, realizados en virtud de la presente ley serán oponibles a terceros desde el momento de su inscripción en el/los registro/s.
La rectificación registral no alterará la titularidad de los derechos y obligaciones jurídicas que pudieran corresponder a la persona con anterioridad a la inscripción del cambio registral, ni las provenientes de las relaciones propias del derecho de familia en todos sus órdenes y grados, las que se mantendrán inmodificables, incluida la adopción.
En todos los casos será relevante el número de documento nacional de identidad de la persona, por sobre el nombre de pila o apariencia morfológica de la persona.
Art. 8°- La rectificación registral conforme la presente ley, una vez realizada, sólo podrá ser nuevamente modificada con autorización judicial.
Art. 9°- Confidencialidad. Sólo tendrán acceso al acta de nacimiento originaria quienes cuenten con autorización del/la titular de la misma o con orden judicial por escrito y fundada.
No se dará publicidad a la rectificación registral de sexo y cambio de nombre de pila en ningún caso, salvo autorización del/la titular de los datos. Se omitirá la publicación en los diarios a que se refiere el artículo 17 de la ley 18.248.
Art. 10.- Notificaciones. El Registro Nacional de las Personas informará el cambio de documento nacional de identidad al Registro Nacional de Reincidencia, a la Secretaría del Registro Electoral correspondiente para la corrección del padrón electoral y a los organismos que reglamentariamente se determine, debiendo incluirse aquéllos que puedan tener información sobre medidas precautorias existentes a nombre del interesado.
Art. 11.- Derecho al libre desarrollo personal. Todas las personas mayores de dieciocho (18) años de edad podrán, conforme al artículo 1° de la presente ley y a fin de garantizar el goce de su salud integral, acceder a intervenciones quirúrgicas totales y parciales y/o tratamientos integrales hormonales para adecuar su cuerpo, incluida su genitalidad, a su identidad de género autopercibida, sin necesidad de requerir autorización judicial o administrativa.
Para el acceso a los tratamientos integrales hormonales, no será necesario acreditar la voluntad en la intervención quirúrgica de reasignación genital total o parcial. En ambos casos se requerirá, únicamente, el consentimiento informado de la persona. En el caso de las personas menores de edad regirán los principios y requisitos establecidos en el artículo 5° para la obtención del consentimiento informado. Sin perjuicio de ello, para el caso de la obtención del
mismo respecto de la intervención quirúrgica total o parcial se deberá contar, además, con la conformidad de la autoridad judicial competente de cada jurisdicción, quien deberá velar por los principios de capacidad progresiva e interés superior del niño o niña de acuerdo a lo estipulado por la Convención sobre los Derechos del Niño y en la ley 26.061 de protección integral de los derechos de las niñas, niños y adolescentes. La autoridad judicial deberá expedirse en un plazo no mayor de sesenta (60) días contados a partir de la solicitud de conformidad.
Los efectores del sistema público de salud, ya sean estatales, privados o del subsistema de obras sociales, deberán garantizar en forma permanente los derechos que esta ley reconoce.
Todas las prestaciones de salud contempladas en el presente artículo quedan incluidas en el Plan Médico Obligatorio, o el que lo reemplace, conforme lo reglamente la autoridad de aplicación.
Art. 12.- Trato digno. Deberá respetarse la identidad de género adoptada por las personas, en especial por niñas, niños y adolescentes, que utilicen un nombre de pila distinto al consignado en su documento nacional de identidad. A su sólo requerimiento, el nombre de pila adoptado deberá ser utilizado para la citación, registro, legajo, llamado y cualquier otra gestión o servicio, tanto en los
ámbitos públicos como privados.
Cuando la naturaleza de la gestión haga necesario registrar los datos obrantes en el documento nacional de identidad, se utilizará un sistema que combine las iniciales del nombre, el apellido completo, día y año de nacimiento y número de documento y se agregará el nombre de pila elegido por razones de identidad de género a solicitud del interesado/a.
En aquellas circunstancias en que la persona deba ser nombrada en público deberá utilizarse únicamente el nombre de pila de elección que respete la identidad de género adoptada.
Art. 13.- Aplicación. Toda norma, reglamentación o procedimiento deberá respetar el derecho humano a la identidad de género de las personas. Ninguna norma, reglamentación o procedimiento podrá limitar, restringir, excluir o suprimir el ejercicio del derecho a la identidad de género de las personas, debiendo interpretarse y aplicarse las normas siempre a favor del acceso al mismo.
Art. 14.- Derógase el inciso 4° del artículo 19 de la ley 17.132.
Art. 15.- Comuníquese al Poder Ejecutivo nacional.
DADA EN LA SALA DE SESIONES DEL CONGRESO ARGENTINO, EN BUENOS AIRES, A LOS NUEVE DIAS DEL MES DE MAYO DEL AÑO DOS MIL DOCE.
http://www.senado.gov.ar/web/proyectos/verExpe.php?origen=CD&tipo=PL&numexp=75/11&nro_comision=&tConsulta=4
domingo, 26 de febrero de 2017
domingo, 12 de febrero de 2017
jueves, 5 de enero de 2017
"La Peste " Eduardo Galeano
La Peste
Eduardo Galeano
Los termómetros no hacen más que confirmar que está ardiendo de fiebre
el mundo, enfermo de la peste del racismo. Es revelador,
pongamos por caso, el éxito que está teniendo en Estados Unidos un libro que
dice con todas las letras lo que muchos piensan pero no se atreven a decir, o
dicen en voz baja: dos científicos del mundo académico proclaman sin pelos en
la lengua que los negros y los pobres tienen un coeficiente intelectual
inevitablemente menor que los blancos y los ricos, por motivos genéticos, y por
lo tanto se echa agua al mar cuando se dilapidan dineros en su educación y
asistencia social.
El libro, The Bell Curve, no agrega nada
que valga la pena a la vasta bibliografía del racismo, pero su enorme
repercusión indica que está diciendo lo que mucha gente quiere escuchar. Y lo
que de veras importa es que su mensaje coincide con el catecismo de la economía
de mercado a la hora de la unanimidad universal: desde el punto de vista de la
religión del dinero, la pobreza no es el resultado de la injusticia, sino el
castigo que la ineficiencia merece. Y entonces acuden los ideólogos a
complementar la gran coartada de un sistema que está en guerra contra los
pobres porque es incapaz de combatir la pobreza: los pobres no son burros
porque son pobres, sino que son pobres porque son burros, y son burros por
herencia genética. La pobreza es tan natural como la
democracia racial que tiene a los negros abajo y a los blancos arriba. La
desigualdad social resulta, así, consagrada por la legitimación biológica: la
división de la sociedad en clases integra el orden natural de las cosas.
“Nunca llegarás a nada.”
Esta no es, por cierto, la
primera vez que los tests del coeficiente intelectual sirven de materia prima
para el desprecio racial, a pesar del dudoso valor de estas mediciones que
tratan a las personas como si fueran números.
En The Bell Curve, los profesores
Herrnstein y Murray no hacen más que confirmar qué buenas razones tenía don
Alfred Binet para desconfiar de su propio invento. A fines del siglo pasado,
Binet había creado en París el primer test de coeficiente intelectual, con el
sano propósito de identificar a los niños que necesitaban más ayuda de los
maestros en las escuelas, pero él fue el primero en advertir que se trataba de
un “instrumento imperfecto”, que de ninguna manera podía servir para medir la
inteligencia, que no puede ser medida, ni debía servir para descalificar a
nadie. El propio Binet había sido descalificado por sus profesores, cuando era
estudiante, como ocurrió con Winston Churchill, Albert Einstein y muchos otros
niños de aprendizaje lento, que recibían de sus maestros frases estimulantes,
como: “Nunca
llegarás a nada”.
El test, que puede tener
cierta utilidad en determinado momento y lugar, obviamente puede no servir para
nada en otro momento y otro lugar. Las primeras aplicaciones del test de Binet
en los muelles de Nueva York mostraron que más del 80 por ciento de los
inmigrantes judíos, húngaros, italianos y rusos eran débiles mentales. A
idéntica conclusión llegó, en 1916, el doctor Alejandro Vera Álvarez en la
ciudad boliviana de Potosí. Aplicando el test de Binet a los niños de las
escuelas públicas, resultó que menos del 20 por ciento eran normales. El
resto era retrasado, por
culpa de la herencia y otros factores.
Dime cuánto pesas y te diré
cuánto vales.
Cuando Binet inventó su test
en la Sorbona, estaba de moda otra manera de medir la inteligencia: la
capacidad intelectual dependía del peso del cerebro. Este método tenía el
inconveniente de que sólo permitía admirar o despreciar a los muertos. Los
científicos andaban a la caza de cráneos famosos, y no se desalentaban a pesar
de los resultados desconcertantes de sus operaciones. El cerebro de Anatole
France, por ejemplo, pesó la mitad que el de Iván Turguénev, aunque sus méritos
literarios se consideraban parejos.
La gran figura intelectual
del siglo pasado en Bolivia, Gabriel René Moreno, había descubierto que el
cerebro indígena y el cerebro mestizo pesaban “cinco,
siete y diez onzas menos que el cerebro de raza blanca”. Como
ocurre con la policía en los allanamientos, el racismo encuentra lo que pone.
Aunque las pruebas nieguen la evidencia, pruebas son. El tamaño del cerebro
tiene, en relación a la inteligencia, la misma importancia que el tamaño del
pene tiene en relación a la eficacia sexual, o sea: ninguna. Pero todavía en
1964, la Enciclopedia Británica consideraba pertinente informar que
los negros tenían “un
cerebro pequeño en relación al tamaño de sus cuerpos”.
Cuando el secretario de
Estado de Estados Unidos, Robert Lansing, tuvo que justificar los diecinueve
años de ocupación militar de Haití, no hizo más que ratificar una convicción
universal: los negros eran incapaces de gobernarse, y esa incapacidad estaba en
su “naturaleza
física”.
Antes y después de Hitler.
Hasta que Hitler hizo lo que
hizo, era normal que los educadores más prestigiosos de América Latina hablaran
de la necesidad de “regenerar la raza”, “mejorar la especie” y “cambiar la
calidad biológica de los niños”. En el Congreso Panamericano del Niño de 1924,
muchas voces exigieron “seleccionar las semillas que se siembran” para generar
hijos sanos. Por entonces, el diario El
Mercurio, de Chile, encabezó una campaña por el mejoramiento de la
raza, a partir de la convicción de que “la
mezcla indígena dificulta, por sus hábitos y su ignorancia, la adopción de
ciertas costumbres y conceptos modernos”.
En 1934, Hitler empezó a
poner en práctica la eugenesia, y al mundo no le pareció nada mal que diera el
ejemplo esterilizando a los enfermos hereditarios y a los criminales, en
defensa de la raza aria. El problema vino después, cuando el feroz hombrecito
desbordó todos los límites, y su afán de exterminio y su voracidad de países
desembocaron en lo que ya se sabe. Entonces el racismo universal tuvo que
llamarse a silencio y durante algunos años calló o se expresó por eufemismos.
Pero la minoría blanca que
desde hace siglos manda en el mundo, y que ha organizado al planeta entero como
un gigantesco campo de concentración, necesita discursos que absuelvan su
historia y justifiquen sus actos. Nada tiene de asombroso, aunque tanto tenga
de indignante, que en este mundo dominado por pocos y amenazado por muchos,
vuelvan a resonar, ahora, las voces del desprecio.
“Brecha”, Diciembre 1994
Entrevista a Rossana Reguillo Cruz
"Se ha agudizado la criminalización de la juventud"
Experta en colectivos juveniles latinoamericanos, la mexicana Rossana Reguillo Cruz describe un panorama dramático de la región, en especial de quienes viven "en la zona de exclusión producida por el neoliberalismo". Y advierte sobre la responsabilidad del Estado y la prensa en la difusión de ciertas representaciones que vinculan de manera directa a los jóvenes (pobres) con el crimen.
Rossana Reguillo Cruz es mexicana, doctora en Ciencias Sociales y se especializa, desde hace 30 años, en el tema de los colectivos juveniles latinoamericanos. De visita en Buenos Aires para participar de la jornada "Miradas interdisciplinarias sobre violencia en las escuelas", confesó que la exclusión y marginalización de vastos sectores juveniles le preocupan hasta quitarle el sueño: "Cuando las instituciones se van replegando, esos espacios tienden a ser ocupados por otras fuerzas, y estas fuerzas lamentablemente están muy vinculadas con el crimen organizado. No quiero ser alarmista, pero se me va el sueño, no veo escenarios para una tregua... Por otro lado, existe esta necesidad de muchos docentes, que son los que están en contacto más inmediato, de tener una respuesta al 'dígame cómo se hace'... y no se trata de dar consejos, sino de arriesgarnos a pensar juntos, intentar formas distintas de aproximación. Desprendernos un poco de la certeza que nos generan los marcos institucionales y ensayar alternativas".
-¿La escuela sigue siendo el lugar más seguro para los niños y jóvenes?
- Probablemente, pero no por mucho tiempo más. La escuela no está afuera: lo que le pasa a la sociedad le pasa a la escuela .Yo me preguntaría qué pasa en la sociedad argentina para que los jóvenes estén teniendo acceso a las armas, registradas o no registradas. Si son registradas es un problema muy serio; si son no registradas la pregunta es muy fuerte. Mirar los casos de manera aislada es más fácil. De otro modo, te obligas a preguntarte cosas muy incómodas. Un periodista me preguntaba por el caso de las maras1 y yo le decía: "No me obsesionaría con el tema de la enorme maldad y la agudización de los códigos violentos.
Yo me preguntaría por qué logran asentarse y adueñarse de territorios locales. Es evidente que tienen anclajes locales y son, en buena medida, protecciones que vienen del narco y de la propia policía". Pero es muy incómodo preguntarse eso, te quita de la pista fácil de ir a sacarle la foto al mara y al tatuaje, y te obliga a preguntarte por los terratenientes locales. En el caso de la frontera México- Guatemala, ¿cómo pasa el tren de la muerte, un tren donde se mueren jóvenes y se esconden migrantes? Son cargueros que pueden viajar con 30 o 40 indocumentados y que, en la frontera los entregan a redes llamadas polleros2, en México... ¿dónde están esas redes?
-¿ Cómo ve la relación entre esta estigmatización del joven como violento y la creciente violencia hacia los jóvenes?
-Están directamente relacionados; no es causa uno de otro, pero guardan una estrecha relación. Este discurso acerca de la "desviación" de los comportamientos juveniles está presente en la sociedad desde Aristóteles. Él llamaba a la contención y al cuerpo sano, al control. Biológicamente es una edad en que el individuo está en plena efervescencia, es potencia pura; pero por otro lado es una etapa que nos da muchísimo miedo, porque esa potencia puede tomar formas muy distintas. Es un discurso que se agudiza en algunos momentos, pero mi análisis tiene que ver con que se ha agudizado la criminalización de la juventud.
El primero que contribuyó a esta idea del joven como criminal fue el propio Estado latinoamericano; Argentina no está exenta. El mismo Estado encontró en la figura del delincuente juvenil un chivo expiatorio perfecto para justificar su propia incapacidad de frenar la inseguridad creciente y de resolver muchos problemas. Y luego, con estas cuestiones de espirales y de múltiples relaciones que hay en la dinámica social, es evidente que los medios encontraron una mina de oro en esta criminalización de los jóvenes. Esto no significa que haya que negar la dimensión objetiva, asible, cuantificable, de una violencia en los territorios juveniles muy complicada y muy problemática, pero creo que habría que hacer un esfuerzo para distinguir ambas cuestiones: una, las representaciones de la criminalización de lo juvenil; y otra, los comportamientos y acciones de los jóvenes concretos. Por un lado, existe un discurso que crece en paranoia. Cito un reportaje de Clarín: "Vienen las maras a Buenos Aires. En 10 años tendremos el fenómeno acá". Compara los comportamientos de las maras con los pibes chorros. El lector hace una relación causal entre delincuencia extrema y pibe chorro. Además, el pibe chorro tiene toda una representación fenotípica: delito de portación de cara. Allí se justifica y se aplaude la violencia contra los jóvenes. Es la cuestión spinoziana de un "otro": si alguien afecta a una persona que yo pienso que me está afectando, celebro que lo afecten. Y como no hay suficiente castigo al gatillo fácil, esto se reproduce. Tampoco son fenómenos nuevos. En la época de los pachucos3, a los marines norteamericanos les pagaban por asesinar o levantar a un pachuco. Son fenómenos que siempre han existido pero hoy se agudizan, tanto por razones del orden neoliberal en el que estamos insertos, como por el acceso a la visibilidad mediática: es el relato disciplinante por excelencia.
-¿Cuál es la lógica de los medios en esta temática?
-Creo que no hay una lógica, de lo contrario no tendríamos que caer en la teoría maquiavélica del complot contra los jóvenes... Creo que es pura inconsciencia y falta de profesionalidad, falta de investigación periodística; pensaría en una lógica empresarial mediática. Pienso que hay cuestiones éticas, estéticas, semánticas, rutinas de producción noticiosa, que confabulan para que esto aparezca. A mí me sorprende que no se hayan alzado voces contra el reportaje de Clarín, para romper esta teoría complotista; pero en cambio se normaliza y se hace lenguaje. Tiene que ver con la posibilidad de demandar socialmente un periodismo distinto.
-¿Qué es ser joven hoy, como construcción cultural y social?
-Si bien existen características comunes marcadas por la globalización, la mundialización, los viajes, los movimientos transnacionales, el flujo migratorio tan acelerado, se ven profundas diferencias si consideramos los contextos particulares: hay jóvenes privilegiados, jóvenes semiprivilegiados, jóvenes en situación de exclusión, jóvenes en situación de muerte social terrible... Según en torno a qué jóvenes coloques la pregunta, la respuesta puede adquirir una cierta dimensión. Yo diría que para los jóvenes privilegiados, ser joven significa, de manera inédita en la historia, un acceso a un capital simbólico de ideas y de materiales que se han acumulado a lo largo de la historia. Es un sector de jóvenes muy favorecidos por los procesos neoliberales, que engrosan las listas de los beneficiados por la educación superior, por los títulos dobles que hoy se están dando en universidades de dos países (uno en desarrollo y otro desarrollado); jóvenes con gran capacidad de flujo, de movilidad, a lo largo y ancho del planeta.
-¿Siempre fueron tan privilegiados o las diferencias que siempre existieron se agrandaron?
-Desde una lógica socioeconómica, siempre existieron los privilegiados; sin embargo, desde una lógica sociocultural, es evidente que estamos ante estándares inéditos, sobre todo lo que tiene que ver con el capital informativo y cultural. La brecha era, en términos sociales, menos evidente de lo que es hoy día. Hoy tienes diferencias insultantes. Pero hay otro sector de jóvenes no tan privilegiados, que aún no han quedado excluidos, que enfrenta situaciones muy duras para lograr reproducir las condiciones de bienestar de la generación anterior. No caen en la exclusión pero tienen que esforzarse el doble de lo que sus padres se esforzaron: jóvenes que estudian y trabajan; o ya profesionales, que tienen que trabajar en tres lugares distintos para acceder a condiciones dignas. Muchos de estos jóvenes provienen de familias con bajos logros educativos, por ejemplo; con recursos que se agotaron en los ´80 con la crisis estructural de nuestros países. Parten de un buen capital social porque son de clase media, pero no tienen respaldo económico para progresar, para incorporarse exitosamente en términos sociales. Para estos jóvenes, el acceso a la educación superior masiva, pública y gratuita aún es una realidad en la Argentina; en Brasil y México, en cambio, se ha deteriorado.
Y luego vienen los que a mí más me interesan: los jóvenes que viven en la zona de exclusión producida por el neoliberalismo.
En primer lugar, comparten la ausencia de cualquier noción de futuro. En segundo lugar, un desencanto y una desesperanza absoluta con respecto al mundo social y, sin embargo, una enorme capacidad de invención y de inventiva de nuevas formas de lazos sociales. La pandilla es la forma violenta de expresión de este fenómeno; pero en el seno de las pandillas, estos jóvenes son los más vulnerables a la cooptación de las redes del crimen organizado. Esta es la principal característica que atraviesa a los colectivos juveniles en las zonas de exclusión de nuestros países. Faltan instituciones que puedan ofrecerles un espacio de incorporación menos desventajoso para la vida cotidiana. Cuando las instituciones se van replegando, esos espacios tienden a ser ocupados por otras fuerzas, y estas fuerzas lamentablemente están muy vinculadas con el crimen organizado. Este fenómeno se ha agudizado desde finales de los '80, en los '90 hubo una ligera mejoría; sin embargo, a mediados de esa década el problema estaba ya mostrando su rostro más agudo y feroz. Una cosa es la pobreza y otra el empobrecimiento estructural: no estoy pensando en jóvenes pobres sino totalmente empobrecidos. La diferencia con el pasado es el rol social del Estado, q ue antes encontraba mecanismos para mantener a estos sectores de la población en condiciones menos duras. Pero, con este rompimiento absoluto de toda política social, esto se vuelve muy complicado. Para el caso argentino, todavía hay presencia del Estado en muchos circuitos, pero es cada vez menor. Y además hay que pensar que, en términos históricos, al transformarse la sociedad también se transforman los grupos de individuos, y el crimen organizado también es beneficiario de la globalización.
-¿Le preocupan fenómenos como los skinheads, o los grupos neonazis?
-Lo trabajo muy poco porque no tiene mucha presencia en América Latina; encuentras algún caso suelto pero no presenta el nivel de virulencia de otros países. Si tenemos un problema en términos de colectivos juveniles, no va por ahí. Tenemos tres grandes frentes: uno es la dificultad creciente para incorporar a los jóvenes a los mercados laborales formales; la cuestión del desempleo juvenil tiene datos verdaderamente alarmantes. Se está produciendo una cuestión muy paradójica y de mucha tensión: sabemos que hoy la educación no es garantía de movilidad social, porque los mercados no tienen capacidad de absorción de la mano de obra calificada juvenil. Entonces, un 63 por ciento cae en el sector informal y en el autoempleo.
El segundo frente tiene que ver con el vaciamiento de la política y la falta de confianza en las instituciones sociales: los jóvenes participan en las decisiones de una manera muy tangencial; no les importa la dimensión de lo público en el sentido de lo moderno. Esto tiene, por un lado, un rostro muy interesante, el de la imaginación y la protesta política que se ha utilizado mucho en los colectivos juveniles, pero también los vuelve muy vulnerables frente al poder político: como no están organizados no pueden demandarle cosas al Estado, a las instituciones, ni gestionar una actitud ciudadana más activa.
El tercer frente es el abandono social en el que se encuentran. Los hemos dejado muy solos, resolviendo con los recursos que tienen a mano los temas de la vida cotidiana, y eso a veces es muy complicado: su sexualidad, su incorporación a la sociedad, el empleo, el amor. Me parece que hay una ausencia de puentes, de canales de diálogo, entre la generación nuestra y la de ellos.
-¿Por qué los dejamos solos?
-Hay un conjunto de hipótesis que a mí me ha servido para pensar esta cuestión, que tiene que ver con que esta generación de los ´60, ´ 70, principios de los ´80, viene de experiencias muy frustrantes en lo político. F ue un momento de grandes derrotas para los movimientos más democráticos y libertarios en el continente. Lejos de ventilarse esa discusión, hubo una especie de pacto de silencio: es una herida tan grande que no se habló del asunto, no se discutió, quedó soterrado y salta, a veces, de manera muy complicada. Eso generó una distancia con los jóvenes, incluso en los sectores más de vanguardia, de avanzada, de izquierda... tienen una mirada muy peyorativa, muy estigmatizadora de los jóvenes.
Inés Tenewicki
1 Maras: pandillas juveniles que se armaron en Los Ángeles, Estados Unidos, y se ramificaron por América del Norte y Centroamérica.
2 Polleros: asociaciones ilícitas dedicadas al tráfico de niños y jovenes.
3 Pachuco: identidad chicana que, en los '30, trató de desmarcarse de la cultura anglosajona, apelando a un conjunto de raíces.
Revista "El Monitor", Marzo/Abril 2006
Experta en colectivos juveniles latinoamericanos, la mexicana Rossana Reguillo Cruz describe un panorama dramático de la región, en especial de quienes viven "en la zona de exclusión producida por el neoliberalismo". Y advierte sobre la responsabilidad del Estado y la prensa en la difusión de ciertas representaciones que vinculan de manera directa a los jóvenes (pobres) con el crimen.
Rossana Reguillo Cruz es mexicana, doctora en Ciencias Sociales y se especializa, desde hace 30 años, en el tema de los colectivos juveniles latinoamericanos. De visita en Buenos Aires para participar de la jornada "Miradas interdisciplinarias sobre violencia en las escuelas", confesó que la exclusión y marginalización de vastos sectores juveniles le preocupan hasta quitarle el sueño: "Cuando las instituciones se van replegando, esos espacios tienden a ser ocupados por otras fuerzas, y estas fuerzas lamentablemente están muy vinculadas con el crimen organizado. No quiero ser alarmista, pero se me va el sueño, no veo escenarios para una tregua... Por otro lado, existe esta necesidad de muchos docentes, que son los que están en contacto más inmediato, de tener una respuesta al 'dígame cómo se hace'... y no se trata de dar consejos, sino de arriesgarnos a pensar juntos, intentar formas distintas de aproximación. Desprendernos un poco de la certeza que nos generan los marcos institucionales y ensayar alternativas".
-¿La escuela sigue siendo el lugar más seguro para los niños y jóvenes?
- Probablemente, pero no por mucho tiempo más. La escuela no está afuera: lo que le pasa a la sociedad le pasa a la escuela .Yo me preguntaría qué pasa en la sociedad argentina para que los jóvenes estén teniendo acceso a las armas, registradas o no registradas. Si son registradas es un problema muy serio; si son no registradas la pregunta es muy fuerte. Mirar los casos de manera aislada es más fácil. De otro modo, te obligas a preguntarte cosas muy incómodas. Un periodista me preguntaba por el caso de las maras1 y yo le decía: "No me obsesionaría con el tema de la enorme maldad y la agudización de los códigos violentos.
Yo me preguntaría por qué logran asentarse y adueñarse de territorios locales. Es evidente que tienen anclajes locales y son, en buena medida, protecciones que vienen del narco y de la propia policía". Pero es muy incómodo preguntarse eso, te quita de la pista fácil de ir a sacarle la foto al mara y al tatuaje, y te obliga a preguntarte por los terratenientes locales. En el caso de la frontera México- Guatemala, ¿cómo pasa el tren de la muerte, un tren donde se mueren jóvenes y se esconden migrantes? Son cargueros que pueden viajar con 30 o 40 indocumentados y que, en la frontera los entregan a redes llamadas polleros2, en México... ¿dónde están esas redes?
-¿ Cómo ve la relación entre esta estigmatización del joven como violento y la creciente violencia hacia los jóvenes?
-Están directamente relacionados; no es causa uno de otro, pero guardan una estrecha relación. Este discurso acerca de la "desviación" de los comportamientos juveniles está presente en la sociedad desde Aristóteles. Él llamaba a la contención y al cuerpo sano, al control. Biológicamente es una edad en que el individuo está en plena efervescencia, es potencia pura; pero por otro lado es una etapa que nos da muchísimo miedo, porque esa potencia puede tomar formas muy distintas. Es un discurso que se agudiza en algunos momentos, pero mi análisis tiene que ver con que se ha agudizado la criminalización de la juventud.
El primero que contribuyó a esta idea del joven como criminal fue el propio Estado latinoamericano; Argentina no está exenta. El mismo Estado encontró en la figura del delincuente juvenil un chivo expiatorio perfecto para justificar su propia incapacidad de frenar la inseguridad creciente y de resolver muchos problemas. Y luego, con estas cuestiones de espirales y de múltiples relaciones que hay en la dinámica social, es evidente que los medios encontraron una mina de oro en esta criminalización de los jóvenes. Esto no significa que haya que negar la dimensión objetiva, asible, cuantificable, de una violencia en los territorios juveniles muy complicada y muy problemática, pero creo que habría que hacer un esfuerzo para distinguir ambas cuestiones: una, las representaciones de la criminalización de lo juvenil; y otra, los comportamientos y acciones de los jóvenes concretos. Por un lado, existe un discurso que crece en paranoia. Cito un reportaje de Clarín: "Vienen las maras a Buenos Aires. En 10 años tendremos el fenómeno acá". Compara los comportamientos de las maras con los pibes chorros. El lector hace una relación causal entre delincuencia extrema y pibe chorro. Además, el pibe chorro tiene toda una representación fenotípica: delito de portación de cara. Allí se justifica y se aplaude la violencia contra los jóvenes. Es la cuestión spinoziana de un "otro": si alguien afecta a una persona que yo pienso que me está afectando, celebro que lo afecten. Y como no hay suficiente castigo al gatillo fácil, esto se reproduce. Tampoco son fenómenos nuevos. En la época de los pachucos3, a los marines norteamericanos les pagaban por asesinar o levantar a un pachuco. Son fenómenos que siempre han existido pero hoy se agudizan, tanto por razones del orden neoliberal en el que estamos insertos, como por el acceso a la visibilidad mediática: es el relato disciplinante por excelencia.
-¿Cuál es la lógica de los medios en esta temática?
-Creo que no hay una lógica, de lo contrario no tendríamos que caer en la teoría maquiavélica del complot contra los jóvenes... Creo que es pura inconsciencia y falta de profesionalidad, falta de investigación periodística; pensaría en una lógica empresarial mediática. Pienso que hay cuestiones éticas, estéticas, semánticas, rutinas de producción noticiosa, que confabulan para que esto aparezca. A mí me sorprende que no se hayan alzado voces contra el reportaje de Clarín, para romper esta teoría complotista; pero en cambio se normaliza y se hace lenguaje. Tiene que ver con la posibilidad de demandar socialmente un periodismo distinto.
-¿Qué es ser joven hoy, como construcción cultural y social?
-Si bien existen características comunes marcadas por la globalización, la mundialización, los viajes, los movimientos transnacionales, el flujo migratorio tan acelerado, se ven profundas diferencias si consideramos los contextos particulares: hay jóvenes privilegiados, jóvenes semiprivilegiados, jóvenes en situación de exclusión, jóvenes en situación de muerte social terrible... Según en torno a qué jóvenes coloques la pregunta, la respuesta puede adquirir una cierta dimensión. Yo diría que para los jóvenes privilegiados, ser joven significa, de manera inédita en la historia, un acceso a un capital simbólico de ideas y de materiales que se han acumulado a lo largo de la historia. Es un sector de jóvenes muy favorecidos por los procesos neoliberales, que engrosan las listas de los beneficiados por la educación superior, por los títulos dobles que hoy se están dando en universidades de dos países (uno en desarrollo y otro desarrollado); jóvenes con gran capacidad de flujo, de movilidad, a lo largo y ancho del planeta.
-¿Siempre fueron tan privilegiados o las diferencias que siempre existieron se agrandaron?
-Desde una lógica socioeconómica, siempre existieron los privilegiados; sin embargo, desde una lógica sociocultural, es evidente que estamos ante estándares inéditos, sobre todo lo que tiene que ver con el capital informativo y cultural. La brecha era, en términos sociales, menos evidente de lo que es hoy día. Hoy tienes diferencias insultantes. Pero hay otro sector de jóvenes no tan privilegiados, que aún no han quedado excluidos, que enfrenta situaciones muy duras para lograr reproducir las condiciones de bienestar de la generación anterior. No caen en la exclusión pero tienen que esforzarse el doble de lo que sus padres se esforzaron: jóvenes que estudian y trabajan; o ya profesionales, que tienen que trabajar en tres lugares distintos para acceder a condiciones dignas. Muchos de estos jóvenes provienen de familias con bajos logros educativos, por ejemplo; con recursos que se agotaron en los ´80 con la crisis estructural de nuestros países. Parten de un buen capital social porque son de clase media, pero no tienen respaldo económico para progresar, para incorporarse exitosamente en términos sociales. Para estos jóvenes, el acceso a la educación superior masiva, pública y gratuita aún es una realidad en la Argentina; en Brasil y México, en cambio, se ha deteriorado.
Y luego vienen los que a mí más me interesan: los jóvenes que viven en la zona de exclusión producida por el neoliberalismo.
En primer lugar, comparten la ausencia de cualquier noción de futuro. En segundo lugar, un desencanto y una desesperanza absoluta con respecto al mundo social y, sin embargo, una enorme capacidad de invención y de inventiva de nuevas formas de lazos sociales. La pandilla es la forma violenta de expresión de este fenómeno; pero en el seno de las pandillas, estos jóvenes son los más vulnerables a la cooptación de las redes del crimen organizado. Esta es la principal característica que atraviesa a los colectivos juveniles en las zonas de exclusión de nuestros países. Faltan instituciones que puedan ofrecerles un espacio de incorporación menos desventajoso para la vida cotidiana. Cuando las instituciones se van replegando, esos espacios tienden a ser ocupados por otras fuerzas, y estas fuerzas lamentablemente están muy vinculadas con el crimen organizado. Este fenómeno se ha agudizado desde finales de los '80, en los '90 hubo una ligera mejoría; sin embargo, a mediados de esa década el problema estaba ya mostrando su rostro más agudo y feroz. Una cosa es la pobreza y otra el empobrecimiento estructural: no estoy pensando en jóvenes pobres sino totalmente empobrecidos. La diferencia con el pasado es el rol social del Estado, q ue antes encontraba mecanismos para mantener a estos sectores de la población en condiciones menos duras. Pero, con este rompimiento absoluto de toda política social, esto se vuelve muy complicado. Para el caso argentino, todavía hay presencia del Estado en muchos circuitos, pero es cada vez menor. Y además hay que pensar que, en términos históricos, al transformarse la sociedad también se transforman los grupos de individuos, y el crimen organizado también es beneficiario de la globalización.
-¿Le preocupan fenómenos como los skinheads, o los grupos neonazis?
-Lo trabajo muy poco porque no tiene mucha presencia en América Latina; encuentras algún caso suelto pero no presenta el nivel de virulencia de otros países. Si tenemos un problema en términos de colectivos juveniles, no va por ahí. Tenemos tres grandes frentes: uno es la dificultad creciente para incorporar a los jóvenes a los mercados laborales formales; la cuestión del desempleo juvenil tiene datos verdaderamente alarmantes. Se está produciendo una cuestión muy paradójica y de mucha tensión: sabemos que hoy la educación no es garantía de movilidad social, porque los mercados no tienen capacidad de absorción de la mano de obra calificada juvenil. Entonces, un 63 por ciento cae en el sector informal y en el autoempleo.
El segundo frente tiene que ver con el vaciamiento de la política y la falta de confianza en las instituciones sociales: los jóvenes participan en las decisiones de una manera muy tangencial; no les importa la dimensión de lo público en el sentido de lo moderno. Esto tiene, por un lado, un rostro muy interesante, el de la imaginación y la protesta política que se ha utilizado mucho en los colectivos juveniles, pero también los vuelve muy vulnerables frente al poder político: como no están organizados no pueden demandarle cosas al Estado, a las instituciones, ni gestionar una actitud ciudadana más activa.
El tercer frente es el abandono social en el que se encuentran. Los hemos dejado muy solos, resolviendo con los recursos que tienen a mano los temas de la vida cotidiana, y eso a veces es muy complicado: su sexualidad, su incorporación a la sociedad, el empleo, el amor. Me parece que hay una ausencia de puentes, de canales de diálogo, entre la generación nuestra y la de ellos.
-¿Por qué los dejamos solos?
-Hay un conjunto de hipótesis que a mí me ha servido para pensar esta cuestión, que tiene que ver con que esta generación de los ´60, ´ 70, principios de los ´80, viene de experiencias muy frustrantes en lo político. F ue un momento de grandes derrotas para los movimientos más democráticos y libertarios en el continente. Lejos de ventilarse esa discusión, hubo una especie de pacto de silencio: es una herida tan grande que no se habló del asunto, no se discutió, quedó soterrado y salta, a veces, de manera muy complicada. Eso generó una distancia con los jóvenes, incluso en los sectores más de vanguardia, de avanzada, de izquierda... tienen una mirada muy peyorativa, muy estigmatizadora de los jóvenes.
Inés Tenewicki
1 Maras: pandillas juveniles que se armaron en Los Ángeles, Estados Unidos, y se ramificaron por América del Norte y Centroamérica.
2 Polleros: asociaciones ilícitas dedicadas al tráfico de niños y jovenes.
3 Pachuco: identidad chicana que, en los '30, trató de desmarcarse de la cultura anglosajona, apelando a un conjunto de raíces.
Revista "El Monitor", Marzo/Abril 2006
miércoles, 4 de enero de 2017
Los niños invisibles
Los niños invisibles
“Los chicos de la calle donde viven, nadie
sabe, sus historias nunca nadie guarda, con el viento volarán”
(Pedro Aznar)
Un informe de la UNICEF sobre el estado mundial de la infancia está ilustrado con una foto en la que se ve a un niño sentado en las vías del tren en el centro de Yacarta. Como lo sugiere la imagen, chicos de la calle los hay en todo el mundo. Esta conclusión no es una racionalización para calmar la conciencia local, como cuando se quiere justificar la pobreza diciendo que pobres siempre hubo.
Simplemente, es el aserto de que el desamparo, la desnutrición y el abuso de niños están distribuidos a escala planetaria. Chicos de la calle es su denominación oficial, chicos en la calle es una expresión más correcta. Para el abordaje político, comunicacional o académico, el desprecio y la incomprensión los sustantiva de “rateritos”, “villeros”, “roñosos” “desechables”, etc.
Los chicos de la calle son y hacen lo mismo en todas partes: abren las puertas, limpian los parabrisas de los autos, realizan malabarismos o acrobacias, piden dinero, inhalan pegamento, duermen en estaciones, escondrijos, veredas. Hay para ellos una definición sociológica: es aquella parte de la población infantil que vive o hace de la calle su lugar, sin tener referencia en hogar o familia estable. Ven sin que los vean, miran sin que los miren. En cada sociedad se cuentan por miles y en el mundo por millones, pero así todo no se ven, la invisibilidad les impone el silencio. No es una in visibilidad “física”; su existencia es negada por cálculo o prejuicio. No los ven porque no votan y el cuerpo social no ve su humanidad sino un peligro en potencia. Al igual que los personajes del “Ensayo sobre la ceguera” son ciegos que, viendo, no ven.
Tal cual ocurre con otros aspectos de la vida social, el arte es el que ha enfocado la situación de los niños de la calle con mayor realismo, profundidad y sensibilidad. Aparece reflejada en cientos de canciones populares, en el cine y en la literatura. La población con una sensibilidad seguramente distinta es ganada por el miedo, miedo que paraliza, que convierte una realidad dolorosa en parte de la geografía cotidiana. Esa es la cuestión: no nos sintamos tranquilos sólo con el hecho de dar una moneda; es necesario que los argentinos nos afirmemos en la convicción de que esos niños tienen todo el derecho a disponer de la oportunidad de alcanzar una vida mejor. El futuro significa muchas cosas, entre ellas la más importante es estar ahí en la forma que uno ha decidido con libertad y sin apremios.
En noviembre próximo se cumplen 20 años de la sanción de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño. La promesa de la Convención es lograr que los gobiernos y los estados del mundo asuman el compromiso de garantizar a los niños y niñas el disfrute de los derechos humanos básicos. Esta Convención fue incorporada a nuestra Constitución Nacional por la reforma de 1994. Desde entonces, y antes también, hemos estado asistiendo a una violación sistemática de los derechos de ellos a una alimentación suficiente, nutritiva y balanceada, a la salud, a la educación, a la protección contra cualquier acto de violencia. La Constitución de 1949 no contenía un tratado de derechos de la niñez. Tenía apenas una breve referencia a los niños dentro de los derechos de la familia. Pero eso no fue óbice para desplegar una monumental obra de asistencia y atención a la infancia como nunca se volvió a ver. La política pública de entonces contemplaba integralmente los espacios de inclusión y contención que hoy se recomiendan: la familia, la escuela, el deporte.
Para que los niños en la calle sean parte del futuro, es necesario que recuperen su visibilidad; la solidaridad, el amor y la comprensión los hace visibles, la invisibilidad es su condena.
Que estas páginas sean parte de un pequeño rayo de luz, que ilumine una oscuridad vergonzante, es nuestro único deseo, que así sea.
Hugo Buisel Quintana
Secretario General APOC
(Pedro Aznar)
Un informe de la UNICEF sobre el estado mundial de la infancia está ilustrado con una foto en la que se ve a un niño sentado en las vías del tren en el centro de Yacarta. Como lo sugiere la imagen, chicos de la calle los hay en todo el mundo. Esta conclusión no es una racionalización para calmar la conciencia local, como cuando se quiere justificar la pobreza diciendo que pobres siempre hubo.
Simplemente, es el aserto de que el desamparo, la desnutrición y el abuso de niños están distribuidos a escala planetaria. Chicos de la calle es su denominación oficial, chicos en la calle es una expresión más correcta. Para el abordaje político, comunicacional o académico, el desprecio y la incomprensión los sustantiva de “rateritos”, “villeros”, “roñosos” “desechables”, etc.
Los chicos de la calle son y hacen lo mismo en todas partes: abren las puertas, limpian los parabrisas de los autos, realizan malabarismos o acrobacias, piden dinero, inhalan pegamento, duermen en estaciones, escondrijos, veredas. Hay para ellos una definición sociológica: es aquella parte de la población infantil que vive o hace de la calle su lugar, sin tener referencia en hogar o familia estable. Ven sin que los vean, miran sin que los miren. En cada sociedad se cuentan por miles y en el mundo por millones, pero así todo no se ven, la invisibilidad les impone el silencio. No es una in visibilidad “física”; su existencia es negada por cálculo o prejuicio. No los ven porque no votan y el cuerpo social no ve su humanidad sino un peligro en potencia. Al igual que los personajes del “Ensayo sobre la ceguera” son ciegos que, viendo, no ven.
Tal cual ocurre con otros aspectos de la vida social, el arte es el que ha enfocado la situación de los niños de la calle con mayor realismo, profundidad y sensibilidad. Aparece reflejada en cientos de canciones populares, en el cine y en la literatura. La población con una sensibilidad seguramente distinta es ganada por el miedo, miedo que paraliza, que convierte una realidad dolorosa en parte de la geografía cotidiana. Esa es la cuestión: no nos sintamos tranquilos sólo con el hecho de dar una moneda; es necesario que los argentinos nos afirmemos en la convicción de que esos niños tienen todo el derecho a disponer de la oportunidad de alcanzar una vida mejor. El futuro significa muchas cosas, entre ellas la más importante es estar ahí en la forma que uno ha decidido con libertad y sin apremios.
En noviembre próximo se cumplen 20 años de la sanción de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño. La promesa de la Convención es lograr que los gobiernos y los estados del mundo asuman el compromiso de garantizar a los niños y niñas el disfrute de los derechos humanos básicos. Esta Convención fue incorporada a nuestra Constitución Nacional por la reforma de 1994. Desde entonces, y antes también, hemos estado asistiendo a una violación sistemática de los derechos de ellos a una alimentación suficiente, nutritiva y balanceada, a la salud, a la educación, a la protección contra cualquier acto de violencia. La Constitución de 1949 no contenía un tratado de derechos de la niñez. Tenía apenas una breve referencia a los niños dentro de los derechos de la familia. Pero eso no fue óbice para desplegar una monumental obra de asistencia y atención a la infancia como nunca se volvió a ver. La política pública de entonces contemplaba integralmente los espacios de inclusión y contención que hoy se recomiendan: la familia, la escuela, el deporte.
Para que los niños en la calle sean parte del futuro, es necesario que recuperen su visibilidad; la solidaridad, el amor y la comprensión los hace visibles, la invisibilidad es su condena.
Que estas páginas sean parte de un pequeño rayo de luz, que ilumine una oscuridad vergonzante, es nuestro único deseo, que así sea.
Hugo Buisel Quintana
Secretario General APOC
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